Voz en OFF

25.11.12

Del amor y un café juntos



...

Cuando ya se acerca el momento de despedirnos, casi siempre le digo “Al rato nos tomamos un café juntos.” Él se ríe mientras yo todavía me asombro al poder escuchar su voz aunque él se encuentre a miles de kilómetros de distancia y me dice: “Eso me parece fooooormidable.”

Mientras tanto, los dos seguimos viviendo-muriendo un poco más.

...

Se fue del país en mayo del 98, y volví a verlo hasta febrero de este año.
 
Hablo de mi padre, el hombre que amo con todo mi ser.

Deseo verlo otra vez. Aquí. Allá. En cualquier café.


Pronto.

22.11.12

Animal de costumbres




Nos vamos acostumbrando al odio,
a ver los cuerpos tirados en la calle, desangrándose,
a mirar de menos al pordiosero que nos extiende la mano para pedirnos algo,
a no sentir.

Nos vamos acostumbrando a reír con condiciones,
a caminar de prisa en medio de gente desconocida,
a tenerle miedo a la gente que sí conocemos,
a burlarnos del otro, de cualquiera,
a ser insaciables.

Nos vamos acostumbrando a vivir a medias,
a gritar a medias, a amar a medias,
a llorar a medias.

Nos vamos acostumbrando a todo
lo que un día juramos no ser.

3.11.12

De llamas y lágrimas



No se nos queman los recuerdos
con las llamas devorando viejas fotos y cartas
ni la vida se hace más llevadera
al desatarnos de quienes nos odian
lanzándolos a la calle
como perros sin nombre
y sin dueño

Las noches se hicieron para llorar
o para dormir

Yo elegí
lo primero
o no sé 
si es el llanto
el que me eligió a mí

27.10.12

Un post (del Centro) "infumable"



“Infumable”, un término que no he usado sino hasta este momento en que recién leí las noticias del Centro y las muertes en San Pedro Sula y las encuestas de Obama y Romney en que escribo este post y me río de mí mismo porque uno no le haya gracia a la vida si primero no aprende a reírse y/o carcajearse de sí mismo y de la gente idiota que se esconde detrás de cualquiera, incluso de sí misma, para tirar la piedra y (como dice el dicho) esconder la mano. Anoche vi las noticias de lo que está pasando en el Centro, y lo que más me duele (y aquí concuerdo con Emma) es que yo sí voy al Centro, lo habito, disfruto sus calles y el bullicio de la gente, y por ahí tenía a mis ‘dealers’ de libros viejos, el señor chele que parece chalateco y que vende sorbetes allí por un costado del Palacio Nacional, justo en donde una banda (o grupo musical, como vos querrás llamarle) se ponen a tocar sus instrumentos llenos de óxido y una niña se pone a bailar y pasa entre la gente con un bote viejo para pedir la contribución (in)voluntaria. Decía que el Centro es chivo, y este país también, pero (y sí, siempre salen los peros cuando se trata de abordar la realidad nacional desde esta silla vieja con una almohada-para-que-no-me-duela-el-trasero-de-tanto-estar-sentado-aquí), como ya lo sabés, o como alguien más te lo contó, si nunca te has atrevido a ir al Centro porque tenés cabeza de camarón y creés que justamente allí te puede pasar lo peor de tu vida, es “infumable”. ¿Te acordás cuando la mara, al escucharte hablar ‘astralidades’ siempre te quieren dar el tiro de gracia con aquello de “Vos ‘asaber’ de cuál has fumado”? Yo sí me acuerdo, y me da pena, rabia, vergüenza, por lo que pasa en este país. Leo unos pasmados que dicen que todo está bien aquí, y que este es “el país de la eterna sonrisa”, y no les creo nada, nada, nada. No voy a politizar los hechos porque pareciera ser si hablás de política es porque te querés ‘dar color’ (ya sea rojo, azul o cualquiera de los otros tonos de la paleta de colores que usan los políticos para diferenciarse de sus ‘adversarios’), cuando todos sabemos que esto de vivir en democracia es como decir “Yo vivo en un circo ‘colorico’ del tamaño de 14 departamentos”, y entonces dejaríamos de ver lo rescatable, lo “fumable”, si lo querés ver así, de la Ciudad. El Centro es una gran cosa, viejo. Yo conozco una viejita que vende frente al Ex Cuartel y es (así la nombré yo) mi Patrocinadora Oficial de Tostadas de Plátano sin curtido, porque le tengo miedo a los curtidos de algunos lugares del Centro. Más adelante, allí por el Pollo Campero (no, no me están pagando por esta publicidad gratuita) están unos bichos cheles (bueno, espero que todavía estén cuando vaya de nuevo) que te venden películas ‘diadólar’ y son “garantizadas” (qué risa, todo es cosa de garantías aquí) porque están grabadas directamente desde el DVD original,  una señora que vende galletas chinas (la verdad es que no se parecen EN NADA a las que venden en el Pasaje Montalvo, de lo cual Emma ya les contó en unos tuits, léanla, etc.), y así te vas hasta llegar frente a Catedral, y te acordás de lo dundo que fue el Arzobispo al permitir que le dieran ‘en la nuca’ al mural de Llort, pasás por la Darío, ves un desfile de viejitos tomando café, y otro que, vestido de harapos, te vende El Mundo, y entonces ves el Parque Hula Hula (no sé por qué ni me importa, pero me acordé de la canción de Enrique y Ana, “baila con el Hula Hoop”, etc.), las ventas de camisas alusivas a la Revolución, a Romero, los CD’s con música de protesta (dicen que King Flyp vendía recargas en uno de esos puestos), y volvemos entonces a la escena del señor chele que parece chalateco y que vende sorbetes allí por un costado del Palacio Nacional y, si seguís caminando un poquito más arriba, ves la tienda de “los chinitos” y te metés a comprar cualquier cosa, un gancho, un “splash” que huele a desinfectante de piso, un calzón, una ‘cumbita’ para andar la comida, y todo lo que los chinos hacen y traen a este paisito tropical. Si seguís caminando, ves que ahí por el edificio de Telecomunicaciones venden pupusas bien grandes y baratas, PERO no te aconsejo que te sentés a comer ahí porque saben a carne de ‘nojéqué’, y te van a dar ganas de vomitar en plena calle. El Centro es bonito, es divertido, huele a todo, a limpio, a calle, a carne asada preparada en una parrilla montada en un carrito de súper, a frescos de coco, horchata, cebada, a tostadas de plátano, quesadillas, mangos, lichas, a todo. Lo “infumable” del Centro es que es eso, el centro, el lugar de paso de miles de gentes durante todo el día, y en donde un tipo con un cargo público (ah, sí, aquí sí estoy politizando, tírenme piedras y lo que quieran) se pasa de la raya y se cree el amo y señor de algo que no es y nunca será de él.

El Centro es de la gente.

Y al escribir gente me refiero a vos, a mí, a todos los que lo vivimos y disfrutamos y sentimos y lloramos. Si no te sentís parte del Centro, autoexcluite, qué más da.

Salú, pues.