Voz en OFF

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22.11.12

Animal de costumbres




Nos vamos acostumbrando al odio,
a ver los cuerpos tirados en la calle, desangrándose,
a mirar de menos al pordiosero que nos extiende la mano para pedirnos algo,
a no sentir.

Nos vamos acostumbrando a reír con condiciones,
a caminar de prisa en medio de gente desconocida,
a tenerle miedo a la gente que sí conocemos,
a burlarnos del otro, de cualquiera,
a ser insaciables.

Nos vamos acostumbrando a vivir a medias,
a gritar a medias, a amar a medias,
a llorar a medias.

Nos vamos acostumbrando a todo
lo que un día juramos no ser.

28.4.12

Una entrada que no fue


Luché si el tratar de levantarse temprano se puede ver como algún tipo de lucha hasta que logré levantarme de mi cama. Me lavé la cara y los dientes, encendí mi laptop, revisé mis correos (el equivalente a leer las noticias del diario), y pasé revista a lo que tenía que hacer. Mientras lo hacía, sin quedarme sentado ni quieto puse agua a hervir, respondí los correos que me importaban, y me acosté de nuevo. Me levanté después de unos minutos, (el agua ya estaba hirviendo), me hice un vaso de leche, abrí unos archivos de Word, y metí el vaso de leche caliente en el freezer. Me acosté de nuevo. Soy el campeón mundial de la haraganería de los sábados en la mañana. Me quedé dormido, creo. Son la 13.20 hs y estoy escribiendo esta entrada de blog. Es obvio que esto no es lo que quería publicar. Soy un animal que quiere hibernar dos días enteros. ¿Y ustedes?


27.3.12

De una herida en mi estómago y otros dolores de la Nación


“¡Juela, tío! ¿Te dolió?”

La Ale, mi sobrina de 9 años, me pregunta qué tan grande es la herida de la cirugía que me hicieron el miércoles pasado en el Zacamil. Yo le digo que no es tan grande, pero que me pica (todos aquí sostienen la teoría de que ‘pica porque se te va curando por dentro’) y me duele cuando me muevo.

(Agradezco las muestras de afecto y buenos deseos que me envió la cipotada tuitera desde que les ‘avisé’ de la ultrasonografía en donde descubrí que tenía cálculos en la vesícula y que tenía que ir a la sala de operaciones ese mismo día. Son grandes.)

Mañana, finalmente, me retiran los puntos. Espero no tener ninguna complicación y seguir con mi proceso de recuperación como hasta hoy.

Lo bueno de todo esto es que dentro de unos días más voy a poder salir a la calle. Sentir el sol. Exponerme a la insaciable sociedad salvadoreña. Espero subirme a la 117 para regresar a mi propia casa, sentir la brisa de las montañas de Chalatenango mientras estoy meciéndome en la hamaca, hacer más hoyos en la tierra y sembrar más árboles (vivo en un desierto, etc.), y seguir la vida ‘normal’, el camino que todos llevan.

Lo normal en El Salvador es salir a la calle con miedo. Y eso duele, no pica. Arde en lo profundo del alma nacional ni si quiera piensen que iba a escribir ‘nacionalista’, que eso jamás ocurrirá de parte mía y no hay cura todavía. Aquí, dicen, pero no está confirmado todavía, se hacen negocios con la mara, va, puesí, va, vos sabés que aquí para, controla y viola, va, y todo mundo se alborota, menos uno, que ni se inmuta, el señor Carlos Mauricio Funes Cartagena.

En serio, ¿por qué creen ustedes que el Presidente se ha ausentado? Leí que andaba en Disneylandia, que la esposa lo había encontrado con otra mujer, y un sinfín de teorías que circulan en las enredadas redes sociales. Funes, salí del núcleo.

A mí me duele la patria chiquita mía. ¿Quién sabe cómo curármela?