Voz en OFF

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22.11.12

Animal de costumbres




Nos vamos acostumbrando al odio,
a ver los cuerpos tirados en la calle, desangrándose,
a mirar de menos al pordiosero que nos extiende la mano para pedirnos algo,
a no sentir.

Nos vamos acostumbrando a reír con condiciones,
a caminar de prisa en medio de gente desconocida,
a tenerle miedo a la gente que sí conocemos,
a burlarnos del otro, de cualquiera,
a ser insaciables.

Nos vamos acostumbrando a vivir a medias,
a gritar a medias, a amar a medias,
a llorar a medias.

Nos vamos acostumbrando a todo
lo que un día juramos no ser.

3.11.12

De llamas y lágrimas



No se nos queman los recuerdos
con las llamas devorando viejas fotos y cartas
ni la vida se hace más llevadera
al desatarnos de quienes nos odian
lanzándolos a la calle
como perros sin nombre
y sin dueño

Las noches se hicieron para llorar
o para dormir

Yo elegí
lo primero
o no sé 
si es el llanto
el que me eligió a mí

27.10.12

Un post (del Centro) "infumable"



“Infumable”, un término que no he usado sino hasta este momento en que recién leí las noticias del Centro y las muertes en San Pedro Sula y las encuestas de Obama y Romney en que escribo este post y me río de mí mismo porque uno no le haya gracia a la vida si primero no aprende a reírse y/o carcajearse de sí mismo y de la gente idiota que se esconde detrás de cualquiera, incluso de sí misma, para tirar la piedra y (como dice el dicho) esconder la mano. Anoche vi las noticias de lo que está pasando en el Centro, y lo que más me duele (y aquí concuerdo con Emma) es que yo sí voy al Centro, lo habito, disfruto sus calles y el bullicio de la gente, y por ahí tenía a mis ‘dealers’ de libros viejos, el señor chele que parece chalateco y que vende sorbetes allí por un costado del Palacio Nacional, justo en donde una banda (o grupo musical, como vos querrás llamarle) se ponen a tocar sus instrumentos llenos de óxido y una niña se pone a bailar y pasa entre la gente con un bote viejo para pedir la contribución (in)voluntaria. Decía que el Centro es chivo, y este país también, pero (y sí, siempre salen los peros cuando se trata de abordar la realidad nacional desde esta silla vieja con una almohada-para-que-no-me-duela-el-trasero-de-tanto-estar-sentado-aquí), como ya lo sabés, o como alguien más te lo contó, si nunca te has atrevido a ir al Centro porque tenés cabeza de camarón y creés que justamente allí te puede pasar lo peor de tu vida, es “infumable”. ¿Te acordás cuando la mara, al escucharte hablar ‘astralidades’ siempre te quieren dar el tiro de gracia con aquello de “Vos ‘asaber’ de cuál has fumado”? Yo sí me acuerdo, y me da pena, rabia, vergüenza, por lo que pasa en este país. Leo unos pasmados que dicen que todo está bien aquí, y que este es “el país de la eterna sonrisa”, y no les creo nada, nada, nada. No voy a politizar los hechos porque pareciera ser si hablás de política es porque te querés ‘dar color’ (ya sea rojo, azul o cualquiera de los otros tonos de la paleta de colores que usan los políticos para diferenciarse de sus ‘adversarios’), cuando todos sabemos que esto de vivir en democracia es como decir “Yo vivo en un circo ‘colorico’ del tamaño de 14 departamentos”, y entonces dejaríamos de ver lo rescatable, lo “fumable”, si lo querés ver así, de la Ciudad. El Centro es una gran cosa, viejo. Yo conozco una viejita que vende frente al Ex Cuartel y es (así la nombré yo) mi Patrocinadora Oficial de Tostadas de Plátano sin curtido, porque le tengo miedo a los curtidos de algunos lugares del Centro. Más adelante, allí por el Pollo Campero (no, no me están pagando por esta publicidad gratuita) están unos bichos cheles (bueno, espero que todavía estén cuando vaya de nuevo) que te venden películas ‘diadólar’ y son “garantizadas” (qué risa, todo es cosa de garantías aquí) porque están grabadas directamente desde el DVD original,  una señora que vende galletas chinas (la verdad es que no se parecen EN NADA a las que venden en el Pasaje Montalvo, de lo cual Emma ya les contó en unos tuits, léanla, etc.), y así te vas hasta llegar frente a Catedral, y te acordás de lo dundo que fue el Arzobispo al permitir que le dieran ‘en la nuca’ al mural de Llort, pasás por la Darío, ves un desfile de viejitos tomando café, y otro que, vestido de harapos, te vende El Mundo, y entonces ves el Parque Hula Hula (no sé por qué ni me importa, pero me acordé de la canción de Enrique y Ana, “baila con el Hula Hoop”, etc.), las ventas de camisas alusivas a la Revolución, a Romero, los CD’s con música de protesta (dicen que King Flyp vendía recargas en uno de esos puestos), y volvemos entonces a la escena del señor chele que parece chalateco y que vende sorbetes allí por un costado del Palacio Nacional y, si seguís caminando un poquito más arriba, ves la tienda de “los chinitos” y te metés a comprar cualquier cosa, un gancho, un “splash” que huele a desinfectante de piso, un calzón, una ‘cumbita’ para andar la comida, y todo lo que los chinos hacen y traen a este paisito tropical. Si seguís caminando, ves que ahí por el edificio de Telecomunicaciones venden pupusas bien grandes y baratas, PERO no te aconsejo que te sentés a comer ahí porque saben a carne de ‘nojéqué’, y te van a dar ganas de vomitar en plena calle. El Centro es bonito, es divertido, huele a todo, a limpio, a calle, a carne asada preparada en una parrilla montada en un carrito de súper, a frescos de coco, horchata, cebada, a tostadas de plátano, quesadillas, mangos, lichas, a todo. Lo “infumable” del Centro es que es eso, el centro, el lugar de paso de miles de gentes durante todo el día, y en donde un tipo con un cargo público (ah, sí, aquí sí estoy politizando, tírenme piedras y lo que quieran) se pasa de la raya y se cree el amo y señor de algo que no es y nunca será de él.

El Centro es de la gente.

Y al escribir gente me refiero a vos, a mí, a todos los que lo vivimos y disfrutamos y sentimos y lloramos. Si no te sentís parte del Centro, autoexcluite, qué más da.

Salú, pues.

9.10.12

Arresto domiciliario (in)voluntario (?)


El tema de la lluvia es de los más comentados en estos días. Llueve y la ciudad se vuelve un caos y en el campo ocurre una de las tantas cosas que nunca voy a poder entender aunque lea todos los manuales existentes: crecen los árboles que sembré, poco a poco. Estoy lejos de mi casa (léase, de mi propia casa, esa pequeña construcción que logré construir hace tres años y que, espero, se irá expandiendo mientras esté con vida y tenga dinero para comprar los materiales de construcción), pensando en cosas vanas y oyendo cómo las gotas de lluvia danzan afuera. Más tarde (los husos horarios no son mi especialidad) llamaré a mi papá, intercambiaremos anécdotas de San Salvador y Chicago, le preguntaré cómo se siente, cómo le fue en el trabajo, si llegó con bien, si no había tráfico, y él me preguntará por las noticias locales, por el partido de La Selecta (ojalá que no se vuelva un fiasco para la afición cuando al final de los noventa minutos el árbitro diga que el partido se acabó), y al final de la plática le voy a decir que lo quiero, que lo extraño, y que ‘al rato nos echamos un café juntos’.

Tengo, como dice Óscar (@oscarmartell), 'nostalgia de patria y de familia', incluso estando dentro de estas fronteras que cada día se me hacen más agobiantes y teniendo a mis seres queridos cerca de mí. Hace mucho que no leo los periódicos ni veo los noticieros locales, y no es porque no me importe lo que sucede acá, sino que es por la única y sencilla razón que esta realidad no merece seguir siendo contada una y otra y otra y otra vez. ¿No les aburre ver las noticias y darse cuenta de los asesinatos, robos, violaciones, policías que matan a sus parejas (el último que escuché tenía más de cuarenta años y su pareja tenía tan sólo quince años), alcaldes (sí, con minúsculas) que se suben los sueldos, partidos políticos que dan vergüenza, hambre, pobreza, miserias, traiciones…, y tantas cosas más. Desconozco este país. No me reflejo en él. No me siento ‘orgulloso de ser salvadoreño’, no bajo estas circunstancias.

No estoy diciendo que voy a huir como un cobarde y que no le voy a hacer frente a lo que se me venga encima. No. Lo que estoy diciendo es que a veces, sólo a veces, me da rabia e ira e impotencia por todo lo que pasa y hasta cierto punto no sé si estoy aportando o estorbando a que mi entorno (ahora estoy escribiendo como un intelectual fresón wannabe) mejore. Llueve y hace frío y podría estar viendo las noticias (por ejemplo a Mónica Casamiquela tartamudeando mientras lee del prompter), oyendo la radio (¿cuál radio me sugieren que oiga? ¿La UPA?), leyendo algún libro (cosa que he dejado de hacer y me avergüenza confesarlo), o quizá estuviera dormido (como me ocurre cuando estoy en medio de la ‘soledad’ del campo, que ya a las ocho de la noche lo único que veo es la cama y las almohadas y las colchas y eso), así, sin hacer nada.

Volviendo al tema de mi padre, él es uno de los hombres que más admiro. ¿Se dieron cuenta que vino a visitarnos luego de estar fuera del país durante casi quince años? Eso fue algo increíble (no sólo porque al fin pudo viajar, sino que porque yo recuerdo haberle dicho por teléfono que no le iba a creer que vendría si no lo veía salir por la puerta de ‘Arrivals’ del aeropuerto) y que marcó un rumbo distinto de mi vida. Imaginate pasar casi quince años sin ver a tu papá, sin tenerlo cerca, sin poder disfrutar una caminata por las calles polvorientas de esta ciudad sin nombre, sin poder tomarte un café y reírte y reflejarte en el hombre que se parece tanto a vos (o, mejor dicho, a quien me parezco tanto). Lo extraño, y mucho, y sé que se fue (como la mayoría de padres y madres y primos y tíos) para poder darnos ‘algo mejor’ a nuestra familia. Ya estoy ‘grande’, digámoslo así, y ya no necesito ese ‘algo mejor’ que tanto me ayudó para poder estudiar la escuela básica, el bachillerato, la Universidad, etc. Lo que necesito es tener a mi padre cerca (no viviendo con él y mi madre, porque esa casa les ha costado a ellos y yo quiero que mi casa me cueste a mí), contarle mis problemas, preguntarle cosas, abrazarlo y decirle que lo amo. Extraño a mi padre, y me da cólera no poder viajar (intenté pedir una visa en la embajada gringa hace años y me la negaron diciéndome que era muy joven para salir del país), y permanecer encerrado aquí, como en un arresto domiciliar permanente.

Este país es un encierro que nos vuelve locos a todos, aunque casi nadie quiera reconocer que eso sucede. Me gustaría saber si no soy el único que se siente así, aunque dudo que haya alguien dispuesto a ‘hacerme barra’ con estas tonterías que estoy escribiendo en la noche de un martes de un octubre que no quiere que eleve piscuchas y vuelva corriendo a los días de mi infancia.


Un fiasco todo. O quizá no.


Gracias.


Salú. 

2.5.12

Survivor Sívar (1a Temporada)


Si vos vivís en Sívar —léase Área Metropolitana de San Salvador— y todavía no te han ‘puesto el balde’ (o, en el peor de los casos, no te han herido o has sido testigo de una muerte violenta), se debe a las siguientes razones:

  1. Andás o te andan en carro (lo cual es discutible porque los cheros que limpian parabrisas o hacen malabares en los semáforos tienen fama de mañosos);
  2. Sos de la PNC y tenés chance de andar el ‘cuete’ en tu maletín (esto también es discutible y pierde su efecto al encontrarte con más de un mañoso);
  3. Andás tu propia arma (pese a la prohibición de portar armas de fuego en zonas públicas);
  4. Acabás de ir al cine con tu pareja y/o con tus cheros a ver The Avengers y te creés Thor, Hulk, Iron Man o el Capitán América, y creés que les vas a dar duro y no te va a pasar nada a vos ni a tus acompañantes. (Sobre esto último debo escribir que una vez, en una 45AB, vi cómo un pasmado se rehusaba a entregarle su ‘Bibi’ al mañoso y éste, para hacer que cambiara de opinión, le empezó a pegar a la novia del bicho. El muy dundo dejó que ‘sopapiaran’ a la novia y todavía tuvo la valentía de decirle al mañoso que por lo menos le dejara el chip y la tarjeta de memoria. ‘Ái’ te vas a estar, papito.)
  5. Andás una guayabera blindada usada y sudada por Funes.
  6. Vivís en una burbuja.

Aquí hay que citar la famosa frase de las calcomanías de los buses y microbuses de este país (olvidate del burro de Genaro): “Solo Dios sabe si volveré.” La pregunta es: ¿Cómo has logrado escapar de las situaciones color de hormiga en Sívar? Dale, decinos ‘cómoliajecho’ en 3, 2, 1…