Voz en OFF

1.4.12

Deseos ocultos


—Tenés un montón de pitas* de donde halar pisto*, Alfredo. Ya quisiera yo tener la masa gris que vos tenés.
—Ajá.

La Chata (así le digo a mi hermana mayor) y yo nacimos en la misma fecha, un 29 de junio. Ella en 1975; yo, en 1983. Cuando yo nací, mis papás se la ‘calaron’, porque iban a gastar menos organizando nuestra fiesta de cumpleaños. Y así ha sido, hasta el último pedazo de pastel que recuerdo haber comido. La casualidad de la fecha nos ha unido más de lo que tienen idea. Podemos hablar por horas. Reírnos hasta que nos callen por contaminar el ambiente a puras carcajadas. Llorar. Como anoche.

Que tu hermana (quien, para vos, es alguien respetable) te enfrente y te diga lo que no estás haciendo bien, duele. Y duele más que la herida que no se me quiere sanar del todo. Pero es justo y necesario. Perder el rumbo, el carácter, el deseo, son cosas de las que hablé con ella anoche. ¿Qué lo hace a uno perder el impulso? Y no me vayan a decir que a ustedes nunca les ha pasado eso, porque sería bien chistoso saberse el único que ha dejado cosas inconclusas.
La inteligencia está. La pereza, también.

Los deseos de tu corazón van a seguir siendo meros deseos mientras no decidás levantarte de entre los escombros en que convertiste tu vida, y empecés  de cero.

¿Recomenzamos? 


* Cuerda.
* Dinero.

27.3.12

De una herida en mi estómago y otros dolores de la Nación


“¡Juela, tío! ¿Te dolió?”

La Ale, mi sobrina de 9 años, me pregunta qué tan grande es la herida de la cirugía que me hicieron el miércoles pasado en el Zacamil. Yo le digo que no es tan grande, pero que me pica (todos aquí sostienen la teoría de que ‘pica porque se te va curando por dentro’) y me duele cuando me muevo.

(Agradezco las muestras de afecto y buenos deseos que me envió la cipotada tuitera desde que les ‘avisé’ de la ultrasonografía en donde descubrí que tenía cálculos en la vesícula y que tenía que ir a la sala de operaciones ese mismo día. Son grandes.)

Mañana, finalmente, me retiran los puntos. Espero no tener ninguna complicación y seguir con mi proceso de recuperación como hasta hoy.

Lo bueno de todo esto es que dentro de unos días más voy a poder salir a la calle. Sentir el sol. Exponerme a la insaciable sociedad salvadoreña. Espero subirme a la 117 para regresar a mi propia casa, sentir la brisa de las montañas de Chalatenango mientras estoy meciéndome en la hamaca, hacer más hoyos en la tierra y sembrar más árboles (vivo en un desierto, etc.), y seguir la vida ‘normal’, el camino que todos llevan.

Lo normal en El Salvador es salir a la calle con miedo. Y eso duele, no pica. Arde en lo profundo del alma nacional ni si quiera piensen que iba a escribir ‘nacionalista’, que eso jamás ocurrirá de parte mía y no hay cura todavía. Aquí, dicen, pero no está confirmado todavía, se hacen negocios con la mara, va, puesí, va, vos sabés que aquí para, controla y viola, va, y todo mundo se alborota, menos uno, que ni se inmuta, el señor Carlos Mauricio Funes Cartagena.

En serio, ¿por qué creen ustedes que el Presidente se ha ausentado? Leí que andaba en Disneylandia, que la esposa lo había encontrado con otra mujer, y un sinfín de teorías que circulan en las enredadas redes sociales. Funes, salí del núcleo.

A mí me duele la patria chiquita mía. ¿Quién sabe cómo curármela? 

25.2.12

Harakiri

A O-Coni-Co,
in memoriam.


En el vientre de mi alma hundí la daga del olvido
para expiar de una vez tu inmensurable afrenta.
Amaterasu Omikami, (de quien tantos han nacido,)
dictaminó la muerte mía una noche sangrienta.
Y fue por culpa tuya, indeseable geisha
que, danzando con lascivia en toda ceremonia,
servías a los hombres el codiciado cha
que bebían junto a ti sin ninguna parsimonia.
En el Templo del Amor erigí yo un estrado
que cubrí con alfombras totalmente carmesíes.
Rodeado de mí mismo, (a quien tú has deshonrado,)
confesé todas mis culpas; recé todas mis díes
írae; la daga empuñé, y en mi vientre la hundí…
(Fue por ti, mas ¡qué importa! Ahora soy un kamí.)




11 de noviembre de 2004.
(23.28 hrs.)

24.2.12

Cuéntenme de sus muertos

Puedo escribir los versos más tristes esta noche..., no, no es cierto. No estoy triste. Estoy enojado. Quisiera volverme un zompopo de mayo y cortarle las patas a un montón de buenos para nada y morir aplastado por la suela de un zapato viejo de un viejo salvadoreño que viene de burriar en Sívar. 

Me quiero ir de aquí. De San Salvador a Buenos Aires hay (según la 'mejor respuesta' que saqué del primer enlace que aparece en Google al escribir 'Distancia entre San Salvador y Buenos Aires' en el buscador) 6,272.63 kilómetros, y esta es la distancia entre la miserable vida aquí y la miserable (pero más placentera y creativa) vida allá. 

Me quiero ir porque no solo mi sombra me sigue y persigue. Cruzo el umbral de la puerta (sí, el 'marco de la puerta') y voy a ¿conquistar el mundo? (ni que fuera Cerebro). Salgo y camino hasta que se me acaba el agua (de chorro) embotellada o hasta que me canso de ir a ninguna parte. Entonces regreso y pienso en que quiero irme. El Salvador es un país desfigurado.

Miro la pantalla de la computadora y escribo 'Buenos Aires'. Los argentinos que conozco dirán: 'Viste cuando hay un marginal que quiere entrar acá y cree que lo vamos a bancar, así nos pasa con vos', pero no me importa y sigo pensando en Buenos Aires. Ya hice cálculos: Si vendo mi computadora y mi 'teatro en casa' (sí, cómo no) y mi cuarto-casa y mi lote, puedo comprar dos boletos (yo ya le dije a ella que solo de ida y ella dice que sí, que se va conmigo pero que cómo hablo de Buenos Aires y ni siquiera tengo trabajo estable), dos maletas (en las ventas del Centro) para cada uno y llenarlas de puras ilusiones. 

Me convertiría en un bohemio. Recitaría poemas en la Plaza de Mayo y platicaría con los muertos en La Chacarita. Comprara un kilo de mate y un termo usado y me iría con ella a contemplar el atardecer (tres horas antes que ustedes) en el Puente de la Mujer. Viviría. 

Si me fuera a Buenos Aires, viviría. Para mientras, cuéntenme de sus muertos.

14.2.12

A las once de la noche de un martes

Ciudad de las nieblas, once y seis de la noche de un martes en que me siento bien idiota (o sería ¿bien e idiota?). El sueño venció a los más desafortunados, menos a mí. Estoy sentado frente a la computadora, dispuesto a escribir todas las noches a la misma hora para escribirme a mí mismo (y dejarme leer por quienes quieran tirarme una monedita de tiempo en mi sombrero de hombre) y terminar el rompecabezas del día. Hice un pacto de caballeros con el sueño. Le pedí que me dejara de hostigar la existencia y que se fuera 'a la chira', como dice mi suegra. Llevé a mi perrita a la fuente del Parque Central de esta ciudad-infierno y fue, fui, fuimos felices. No dije NADA del '14 de febrero', y eso me enorgullece. Anoche le dije a la chelita que no le regalaría nada y le pedí que ella no lo hiciera tampoco. Cumplimos a cabalidad ese acuerdo. No vi los noticieros de la noche. No me da igual. No me acostumbro a este estado de calamidad nacional no declarado. Me hierve la sangre dentro de mí cuando veo una injusticia y me dan ganas de ser parte de los primeros en sacar el cuchillo, pero me abstengo. Mañana (mejor dicho, en menos de cuarenta minutos) quiero ir a mi casa, limpiarla, pintar el techo, preparar la tierra para el jardín de girasoles que ella me ha pedido. No tengo trabajo estable pero eso no me preocupa. Estoy vivo y voy, vamos a estar bien.

14 de febrero

Y es que ustedes piensan que sólo porque le van a comprar algo a la bicha ya tienen el cielo ganado y el infierno postergado y no, no es así. Amor es más que una palabra rebajada a símbolo de corazón pintado con rojo bermejo, y ustedes, sí, ustedes, bichos dundos, alagartados, sangrones, bayuncos, hijitos de papi y mami, universitarios por gusto, gringos wannabe, ustedes no saben ni jota qué es el amor. Amor es más que agarrarle la mano a la bicha y dejársela toda sudada cuando te vas para tu casa (porque ni la vas a dejar hasta la de ella, como sos un gran miedoso y preferís compartir tu saliva debajo de un poste pintado con los colores de la libertá, apuesí); es más que quedarte todo ido y mandarle mensajes de texto a cada rato (aparte que se aburren); es más que comprarle chocolates Bon o Bon con descuento de súper o a dos cajas por un dólar en las calles del Centro; amor es más que ponerle la mano en la cintura cuando van parados en el micro (en donde pretendés ser el defensor de ella pero cuando se suben los tamales sos el primero en bajarte); amor es más que llevarla a comer pupusas los domingos en la tarde (y alimentar así la gran solitaria que los dos llevan en la panza); amor es más que comprarle una bolsa de yuca frita mosqueada de la calle; amor, bichos dundos, consumistas (y jamás comunistas), amor es más que poner estúpidas palabras en el muro de ella (ustedes no vivieron en la época en que manchar paredes era sinónimo de bajeza), palabras copiadas de cualquier parte pero nunca nacidas de tu interior, del ser humano cristalino que deberías ser, del hombre que va a ser alguien y no un don nadie, del hombre que en vez de comprarle flores cultivadas por mujeres explotadas le va a sembrar un jardín en el patio de su futura casa. Pero no, a ustedes, bichos dundos, bichos ignorantes, a ustedes Cupido los puyó con una supuesta flecha (era una jeringa usada por los mareros que duermen en las colchonetas en el Rosales y por los que trafican drogas en el Hula Hula y por vos, ahora, aquí) y ahora te creés el latin lover de este paisito que no ve la suya, y ahí le vas a ir diciendo a medio mundo "Feliz Día del Amor y la Amistad", cuando tenés más odio y enemigos que a saber qué. Me das risa, 14 de febrero. Y ustedes también, ES-Cupidos.

6.2.12

Palabrerío

Escribamos, pues. 

Digamos que este es un país que no existe, que da pena, 
sintamos cólera por los trece muertos diarios y sus familias enlutadas, 
caminemos sobre los jardines que los mareros abonan con carne de cadáveres mutilados, 
descompuestos, convertidos en un número más de las estadísticas 'oficiales', 
no miremos atrás al caminar por el Centro, 


desenterremos la dignidad
y hagamos algo. 

Ahora.