Voz en OFF

13.12.12

ante meridiano






I don’t want to leave you,
even though I have to.
I don’t want to love you.
Oh, I still do.

‘Cause if you weren’t somewhere else instead
if you were in someone else’s bed
if you were…
                        The Cranberries

 


Pienso en vos.
Piento en tu rostro de ángel caído.
En tu pelo negro como la palabra misterio, so black as the night itself,
negro como una escultura antigua, negro como los gritos
que se ahogaron en mi boca aquellos días en que tu pelo acarició mi torso.
Pienso en tus cejas de una diosa egipcia, más bellas que la bella Hator,
pienso en tus cejas, que son el arco de las flechas de tus ojos,
de tus ojos rasgados como una guerrera japonesa,
de tus ojos rasgados como todos los imperios del mundo,
pienso en tus ojos, artífices del amor a última vista,
blanca caverna, pozuelos del deseo, necesidad hecha mirada,
invitación a pernoctar invadido de miedo, guerra y paz,
todos los fuegos el fuego, como diría el pibe.

Pienso en tu boca,
en los bordes de tus labios que son los bordes de la historia misma,
en tu boca roja como la Revolución, roja como la sangre de Cristo,
en tu boca roja, carne de música, rosal de sangre loca,
en tu boca de seda, de carne de seda, en tu boca que me quema los labios,
que me quema el cuerpo, que me quema los labios y el cuerpo,
en tu boca que no dice mentiras, en tu boca de cristal,
en tu boca que es mi boca, en tu boca que me besa,
en tu boca que me besa el pelo, el rostro, el cuello, los hombros,
en tu boca que sopla el hálito del deseo en mis orejas,
en tu boca que de súbito desciende a mi torso,
que le da forma a mi carne, que le da vida a mi carne,
en tu boca que gime al contacto de mi boca,
en tu boca que jadea en lo más hondo de la posesión,
en tu boca que canta and the thing that gets to me is you’ll never really see,
and the thing that freaks me out is I’ll never be in doubt,
it is a rarely thing that we have,
it is a rarely thing that we,
it is a rarely thing, the animal,
the animal instinct.

Pienso en tus senos,
en tus senos más puros que el seno de Abraham,
en tus senos que titilan de miedo cuando los acarician mis dedos,
en tus senos, gozo, ternura, ansias sin límite,
en tus senos que son el oriente y el occidente, el norte y el sur,
los dos lados de la cruz, la noche y el día,
fruta madura, concavidad para mis manos,
pienso en tus pezones, la tibieza y el renuevo juntos,
blancas mamblas segregando blanco almíbar,
alfileres que sujetan mis labios en una dulce tortura,
en tus pezones, acupuntura de la eternidad,
blancos mundos creados por la explosión del universo,
blancas vías lácteas,
entierro y destierro.

Pienso en tus caderas,
en el dulce vaivén de tus caderas,
blanca ensoñación entre mis manos,
corriente subterránea, movimiento de la tierra que se abre a mi cuerpo,
pienso en tus caderas, olas blancas, el fundamento óseo de la sensualidad,
malecón que evita el paso del tiempo, desfloración de la carne,
vasija de barro crudo, los dos lados de la guitarra,
varadero de mis embarcaciones, las costas de Cuba,
región limítrofe entre la tierra y el mar,
límites ecuatoriales del norte y del sur,
piezas vivientes humectadas
por el rojo vaho de mi boca.

Pienso en tu sexo.
En tu sexo fatal, terrible.
Pienso en tu sexo fatal, terrible como la  noche en que mis hijos murieron.
Pienso en la enredadera negra del pubis,
en la enredadera negra que puebla tu ínglica región,
en los vellos recortados formando una pirámide invertida,
un prisma en donde mi luz transparente se torna roja, negra, amarilla,
en donde mi luz transparente se torna en todos los colores del mundo,
los colores de todas las razas que tu sexo de diosa puede procrear.
Pienso en el monte de Venus,
mítica región poblada por los dioses,
recinto de descanso para el cansado Aquiles,
negro terciopelo amorosamente urdido,
tejido y cortado a la medida de tu cuerpo, a la medida del mío.
Pienso en tu sexo, rosa roja plantada en el centro de tu carne,
rosa roja de cuatro pétalos, rosa roja
de cuatro pétalos que ocultan tu gineceo,
rosa roja protegida por el cáliz de tus piernas.
Pienso en tu sexo, en el capullo floral
que quiero abrir hasta alimentarme del rojo néctar de tu flor,
pienso en tu corola de dos pétalos de carne,
en tu corola de dos pétalos de carne que se estremece al contacto de mis dedos,
pienso en tus dos pétalos internos, en el dulce androceo
que se humedece con la dulce miel de tu néctar segregado,
pienso en el pequeño estigma
que se yergue como el asta de la bandera victoriosa,
pienso en tu sexo, en el rojo pistilo por el que vivo y soy,
en el rojo pistilo en donde la polinización se suscita,
en donde se configuran los astros y los siglos
para levantar una nueva raza, una nueva civilización,
en el rojo pistilo que es el agujero de la noche,
el túnel por el que mi cuerpo penetra y sale,
el túnel por el que pasa el hombre y la historia,
el túnel que es la Historia misma, el Antes y Después de Cristo,
el túnel que es el paso de las edades y los siglos,
pienso en tu pelo negro, pienso en tus cejas, pienso en tus ojos,
pienso en tu boca, pienso en tus senos,
pienso en tus caderas,
pienso en tu sexo,
pienso en vos.




Sábado, 18 de marzo de 2006. 

4.12.12

"No preciso que me arme, solo que me ame."




«Quiero dar lo mejor que pueda, ni migajas ni pedazos de mí que el Otro arma. No preciso que me arme, solo que me ame» —@LolitaGerman.


La teoría (o pensamiento, qué sé yo) de la “media naranja” es una tontería grande. Grandísima. ¿Saben ya la historia de la misma? Acá está una síntesis de lo que, al parecer, fue su origen:

Aristófanes contaba que en un principio, la raza humana era casi perfecta. Los seres eran esféricos como naranjas y tenían dos caras opuestas sobre la misma cabeza. Su arrogancia les llevó a enfrentarse a los dioses creyéndose semejantes a ellos. Zeus los castigó partiéndolos por la mitad con el rayo. Al final, compadecido por la estirpe humana ordenó a Hermes que les girase la cabeza hacia el mismo lado donde tenían el sexo: de este modo cada vez que uno de estos seres encontrara a su otra mitad, podrían obtener placer y descendencia. Desde entonces, los individuos buscan siempre a su otra mitad que les haga seres más completos.

¿Qué les parece? A mí me suena risible e increíble (o debiera decir ‘no creíble’, para dar por sentado mi punto de vista respecto a este tema). Anoche, leyendo a Lolita, me llamó muchísimo la atención la frase que, sin su permiso, usé de epígrafe para este post. Uno va por la vida queriendo saberse parte de algo o de alguien, y la no ocurrencia de este supuesto desencadena un sinfín de contrariedades, preguntas sin respuesta, depresión, suicidios, homicidios, y tantas cosas más.

Uno va por la vida queriendo sentirse amado por alguien, reconocido como la “parte que le faltaba al otro”, sentirse la parte que le hacía falta al otro, a ese otro que, para nuestro propio infortunio, a veces, las más de las veces, espera que le demos todo sin hacer nada por nosotros. Somos egoístas. Ridiculizamos a quienes decimos amar, le dañamos la estima, le “bajamos la moral”, y en casi todas nuestras discusiones mencionamos el “yo”, ese “yo” que está falto de, necesitado de, impaciente por, demandante de…, y así nos juntamos y procreamos hijos y les enseñamos a los otros.

¿Cuándo vamos a empezar a dar lo mejor que podamos? ¿Cuándo, de verdad, vamos a elevar la vida de la persona que amamos a nuevas alturas? ¿Hasta cuándo vamos a parar de exigir, a veces con gritos y golpes, lo que nosotros no somos dignos de dar? Me da rabia cada vez que veo en la calle a un tipo gritándole improperios a su ¿pareja?, mirándola con ojos de rabia, de odio, y deseando, si la cobardía no se lo impidiera, agarrarla a golpes y dejarla en la calle, desangrándose y pidiendo ayuda a los desconocidos. Me da cólera oír un “¡Es que vos no entendés!”, “¡Vos no sabés cómo me siento!”, “¡Vos ni me conocés!”, y tantas otras frases mostrando frustración.

Somos expertos en derribar puentes. Según nosotros, las podemos todas. Según nosotros, el otro es quien está necesitado de afecto y compañía. Según nosotros, podemos vivir asfixiando al otro con nuestras exigencias y a pesar de todo ser reconocidos como ‘buenas personas’. Según nosotros, según nuestra manera, costumbre o gana.

A diario leo a las señoritas que escriben “Lo mismo que le dice a otras me dice a mí” o “No desperdiciés tu canción favorita dedicándosela a alguien que después vas a odiar”, y así. Creemos que el amor es cuestión de entregar migajas de uno mismo al otro, de darle lo que nos sobra, lo que no nos gusta, lo peor. Las relaciones pasadas nos acostumbraron a ser más precavidos, a no entregarlo todo, a ir reconociendo el terreno sobre el cual caminamos, a desconfiar del que camina a nuestro lado, a endurecer el corazón para evitar nuevos desencantos, nuevas tristezas, nuevos desencuentros. Nos acostumbramos (y hasta cierto punto parece justo) a no dar más de lo que el otro esté dispuesto a dar, a no mostrar debilidad ante el otro, a vivir con la incertidumbre de “¿Y si me dañan otra vez?”

No creo en el sentimiento de la gente que dice estar enamorada y amar a alguien a los pocos minutos u horas de haberse conocido. No creo, además, en aquello de “cambiar al otro”; de hecho, considero que eso daña la personalidad del otro. ¿A cuántos les ha pasado ya que inician una relación en donde el otro, sea hombre o mujer, desea dominar todas las áreas de la relación? Y qué decir de quienes creen que tienen el don de ‘armarle la vida al otro’, como si fuésemos personas incompletas…

Somos seres humanos completos e independientes, capaces de decidir si amar o no a alguien.

No precisamos que nos armen y/o desarmen a su antojo, solo que nos amen.

Y amar sin egoísmo al otro.